Una Extraña Conversación (Historias de por ahí)

I.

Aquello tenía que ser el gran secreto de nuestras vidas; cada detalle debió ser planificado, diseñado, estudiado y memorizado por nosotros, los futuros profanadores en aras de la ciencia, para no cometer error alguno que pudiera sacarnos de la facultad, y peor aún, ir a parar a la Granja Penal de Cantel.
No es normal ni legal visitar el Cementerio General de nuestra ciudad a las once y media de la noche para adquirir restos humanos para el laboratorio del Curso de anatomía, pero no había más remedio que hacerlo: había nada menos que cero punto cinco valiosísimos puntos en juego.
La Catedrática, nada menos que la Doctora Pruneda, tenía el sentido del humor de un policía antidisturbios cuando se trataba de calificar a los que no llevaban su material de trabajo al laboratorio.
El buenote de Rolando me acompañaba; toda una garantía de impunidad, puesto que además de que es mi vecino, he sido su mejor amigo desde muy niño, somos además compañeros de entrenamiento en el gimnasio, camaradas de cantina, y parece que hasta “hermanitos de leche” por cierta “noviecita de fiesta”.

II.

Habiendo dado dos fuertes golpes a la puerta de la guardianía –porque se nos dijo que no debíamos utilizar el timbre sino ese toque de puerta- no tuvimos que esperar mucho para que saliera el encargado del turno. Este era un hombrecillo de baja estatura, vestido con un suéter del mismo color gris que tiene el pelaje de los ratones, y un pantalón que cuando era nuevo debió ser negro, y hoy era de un color indefinible.
Tenía puesta una gorrita de franela de aquellas que ya solo usan los taxistas viejecitos; su cara de pícaro estaba enmarcada por cabello negro entrecano, bigote largo y ralo que me pareció portador de restos de seis tiempos de comida, y una barba de tres días. El tinte cetrino de la piel del sujeto, a la luz de la lámpara de mercurio del poste más cercano, daba la impresión de que el caballero de marras ya había fallecido, pero aún no se lo avisaban… y a nosotros nos mataba el lamentable aliento a aguardiente clandestino del susodicho fulano, que casi nos hace llorar por su pestilencia, propia de un zopilote que acabara de almorzar.
El señor, a quien nos dijeron se le llamara simplemente “don Leiva”, era nuestro apetecido delincuente, el clandestino contacto con ultratumba: ni más ni menos que el terrible y repulsivo traficante de restos humanos; mal necesario para ganar un valioso medio punto que nos podría salvar de tronar como un sapo al ser aplastado a la hora de sumar los puntos al final del curso.
Y es que hay dos procedencias de los restos óseos, ambas honorables y legales: los nichos municipales, y “la Loma”. Cuando vencen los plazos de alquiler de los primeros, el municipio notifica al último domicilio conocido de los deudos en dos oportunidades, y si no hubiera respuesta, los restos son extraídos del nicho, y llevados a un depósito conocido como “el Osario”, para dejar disponible para alquilarse, el nicho que ocupaba. Por su parte, “la Loma” es el área poniente del cementerio, donde los más pobres reciben sepultura; allí no hay mausoleos, y la medición de terrenos y la asignación de propietarios es tan confusa, que con frecuencia hay reclamos, y de nuevo una exhumación que va a parar a “el Osario”.
Allí es en donde nuestro negocio se vuelve más ilegal que una mentada de madre en diez de mayo: a partir de ese punto, con necesidad, tiempo, algunos quetzales y un poco de oscuridad y acudir al sujeto indicado, cambian su correcta ubicación los restos que hay en el “Osario”. Van a dar al escondite que escoja el estudiante de medicina, y de allí saldrán solo para ir a dar al laboratorio, donde los despreciados despojos se convierten en valiosos puntos en el curso de Anatomía. Luego de una brillante cátedra, hueso por hueso será manipulado por los novicios estudiantes del curso, quienes serán sometidos a un interrogatorio digno de la Gestapo por la Doctora Pruneda sobre la nomenclatura y relaciones de los tejidos blandos con cada milímetro de esos huesos, y si el estudiante recibe el auxilio de su ángel de la guarda y recuerda hasta la última tilde del Texto de los Doctores Quiroz, ganará su anhelado medio punto, y será el hombre más feliz del mundo.

III.

¡Oh, sorpresa! En esta vida todo tiene tarifas. Hasta los despojos de los humanos las tienen, a saber: un cráneo con maxilar inferior y dentadura completa valía cinco quetzales; un fémur o una columna completa valían tres quetzales; una pelvis o una mano completa, valían dos quetzales; la oferta del día eran las vértebras, las costillas, las clavículas, los radios y los peronés, a veinticinco centavos por pieza, y así seguía por el estilo el macabro arancel. Los huesos infantiles valían más que los huesos de adulto, y me imagino que “don Leiva” supo alguna vez que entre menos maduro y detallado sea el hueso, menos dura será la machucada de cerebro que se llevará el estudiante de anatomía con las exigentes preguntas de la catedrática.
Compré solamente el cráneo, y Rolando se hizo con la columna y dos radios, uno de los cuales se perdió en plena evaluación en el aula de anatomía, y como a los dos meses, apareció en manos de otro compañero, Jorge, quien habiendo mandado perforar ese hueso a lo largo, le había metido un tubito de lapicero y lo utilizaba como tal para tomar notas de las clases.
(El cráneo que yo adquirí me daría mucho en qué pensar, y es el motivo de este relato).
Habiendo pagado, abordamos la motocicleta que le presté a mi papá, y manejándola a toda velocidad, llegamos rápidamente a la casa campestre de Rolando, ubicada en las afueras de la ciudad, en donde su macabra compra fue ocultada sobre las láminas de cinc del chiquero. El sol de la mañana -pensábamos- daría muerte a cualquier bacteria, y además los huesos quedarían bien secos para estudiarlos detenidamente antes de llevarlos a la clase, dentro de dos días, y además, los perros no podrían alcanzarlos para merendárselos.
El cráneo que compré, lo puse en mi dormitorio; y por pura gana de querer sentirme un poco chistoso, coloqué el cráneo sobre el mueble de mi ausente televisor, que mandé a reparar al taller de don Adrián, el radiotécnico.
Supongo que lo que relataré seguidamente, parecerá tan extraño que podría tomárseme por un loco; sin embargo, en aras de evitarme una beca al Neurosiquiátrico, diré que podría tener una explicación científica, pues admito en este punto que me disgustó demasiado haber ido a aquel cementerio, hogar de despojos humanos y escondite habitual de drogadictos.
Me quedé dormido, o al menos, eso creo, porque lo que sucedió después de media hora de lectura de anatomía, si no fue un sueño, habrá sido una disociación de la realidad contraria a las leyes naturales, y no precisamente por fumarme el pasto que crece en el jardín de mi vecino, quien es curandero.
Permítaseme contar lo que percibí, porque a mí me ha hecho desear llegar a ser un médico que trate de una manera diferente, tanto a vivos como a muertos.

IV.

He aquí mi visión: aquel cráneo que había colocado tan irreverentemente donde ya dije, lucía en las cavidades oculares, antes vacías, dos ojos negros que miraban hacia los míos, con la opacidad de la muerte.
(¡Cielos! Heme aquí, un estudiante de segundo año de la carrera de Medicina de la tricentenaria Universidad de San Carlos de Guatemala, miembro indiscutible de la mayoría que carece de automóvil, amores y dinero, teniendo el dudoso honor de ser el segundo ser humano, después de Dante Alighieri, en escuchar los puntos de vista de un muerto).
Lo que me dijo aquella terrorífica calavera, palabras más, palabras menos, es lo siguiente:
“Todas aquellas vanidades que vivieron en mi juventud de varón libertino, quise embalsamarlas para conservarlas y llevarlas conmigo en mi vida adulta: hoy, cuando carente de cuerpo y voluntad navego por el golfo insondable de la muerte, aquellas vanidades se agolpan entre mis recuerdos; son una tortura constante. Sí, lo que nos queda son los pensamientos y los sentimientos: eso son las almas”.
“¿Quiere usted saber qué hice de mi vida? Pues bien, le voy a contar que por ser el único responsable del curso que tomó mi vida, vivo un infierno, y lo único que queda de mí es la conciencia de que existo todavía y el horror de entender que seguiré existiendo por toda la eternidad, y sufro angustia, arrepentimiento, y desesperación”.
“Tuve una infancia feliz, de niño de barrio. Murieron mis padres, lo que truncó mis estudios, y me lanzó a una vida de obrero, ganando lo apenas indispensable para sobrevivir. Tras doce años de constancia en el trabajo, fui ascendido a jefe de obreros, con lo cual tuve una mejora en mis ingresos, que me permitieron el valor y la decisión de casarme, y de tener un hijo. Bendito sea Dios, porque me permite recordar en este momento a ese hijo mío, lindo pedacito de gente, que fue en mi vida un premio que nunca merecí, y que me dio tantas y tantas horas de felicidad, con su inocencia, sus juegos y gracias infantiles, y el tanto cariño que me dio. Que bella recuerdo a mi esposa, con sus hermosos ojos negros, en los que me llené de gozo al verme reflejado tantas veces, y es que me veía inundado en unos ojos tan llenos de amor como el mar de cristal del paraíso”.
“Pero mi irracional y creciente afición a la bebida cobró su precio cuando un día de tantos, creyendo darle una lección a los obreros jóvenes, aún bajo efectos del alcohol, mis brazos fueron aprisionados por la maquinaria, y se destrozaron: sangre, pedazos de carne y hueso, dolor y agonía se agolparon en mi cerebro; ya no tuve oportunidad de pensar en otra cosa sino hasta darme cuenta que estaba en el servicio de Emergencias de un Hospital.”
“Voces desconocidas, sin miramiento alguno, decían atropelladas frases de desprecio; y yo maldeciré por toda la eternidad esas frases, porque día tras día me atormentan llenando mis pensamientos desde que morí”.

Decían así:
“Ala, y a la mera hora del almuerzo.”
“Este viene hecho lata, yo digo que ya se va a pelar.”
“No hay presión.”
“Cállense que no oigo corazón. Sí, apenas, es corazón de conejo.”
“Serás veterinario.”
“¿Le traigo una pijama doctor?”
“‘Pijama será, en lugar de correr con un atril y un Hartmann.”
“No, seño Siliézar, gracias, no saque ninguna pijama.”
“Bien, mano, que la vieja traiga una pijama de pino.”
“Un laringoscopio, rápido.”
“Hay que pedirlo a sala Doctor, al de la Emergencia se le quemó el foquito.”
“No hay angiocath, hay que hacer disección.”
“Traiga un equipo de disección, Seño.”
“No hay equipo estéril, Doctor, es que el autoclave está mojando todo.”
“¿No tendrán un catéter subclavio en sala de operaciones? De una vez que se pida el portero el laringoscopio.”
“Dice don Quique que el no va a sala, que eso no es su obligación.”
“Si fuera su nana, allí si corría ese viejo.”
“Mandá a un externo, de algo que sirvan.”
“Este se va a pelar de todos modos, pero probemos con la aguja del equipo de venoclisis.”
“Te dejo el tiro a vos, con tres de Glasgow no hay clavo que se te mueva la vena como siempre.”
“¿Y en qué vena querés que canalice a ese tu padre?”
“Cómo no, brincón, que si fuera mi padre, sería tu abuelo.”
“¡Tan bravos que son los internos!”
“Es que estos externos solo miran y no hacen nada.”
“Hagan una hoja de consulta para el encargado de la morgue, muchá.”
“¡Ah, qué gracioso, pues!”
“¿Será que aceptó a Cristo, o le llamamos al padre Zambrano?”
“Otra gracia de esas y te vas a hacer vos solo la autopsia.”
“¡Ya tengo la vena, ya tengo la vena!”
“Traigan un tubo para hacerle grupo y erre hache.”
“No hay tubos, solo frascos de hematología.”
“Tiene cara de “o” positivo.”
“Sangre de chucho callejero.”
“Y vos seguís de payaso.”
“Dejen de hablar tonterías, échenla en el frasco de hematología.”
“Sigue con cero de presión.”
“Ya ni siquiera le sale la sangre.”
“Con un eme ele hay de sobra para hacerle grupo.”
“Tráigase una ampolla de salina hipertónica señorita.”
“No hay de eso Doctor.”
“¿No dejaron los gringos una caja de esa babosada, pues?”
“Ay, si, ahorita voy a ir a buscar.”
“Corra, pues.”
“Ya no muchá, ya estuvo.”
“Si pues, miren las pupilas. Ya se peló este pobre.”
“Ah, que lata, ¿por qué no mejor se pelan en la ambulancia de los bomberos y en horas hábiles?”
“Hasta ahorita viene el técnico de anestesia con el laringoscopio.”
“Seño Siliézar, solo deje que practiquen un rato la técnica de intubación los externos, y le avisa a don Chaco que allí le va una su autopsia. Yo me voy a comer.”

“Allí dejé de sentir dolor. Allí perdí el dominio de mi cuerpo. Allí comenzó mi infierno. Allí se me acabó la embriaguez. No he podido volver a dormir. Allí dejé de ser un irresponsable, porque desde entonces no puedo dejar de sufrir por mi hijo y mi esposa, que quien sabe qué problemas y carencias estarán sufriendo durante toda su vida, por culpa mía. Todo el desprecio de aquellos estudiantes de medicina, y el que usted ha tenido hoy por mi cráneo, lo tengo bien ganado. Creo que habrá un día del juicio, y si Dios me sentencia a un tormento peor que este, sin duda que lo merezco.” Calló la voz del cráneo aquel.
Me incorporé en mi cama, bañado totalmente en un sudor frío que nunca he vuelto, ni quisiera volver a transpirar. El cráneo estaba tan inanimado como lo dejé, pero dos gotas que parecían ser lágrimas, se deslizaban sobre los malares, como habiendo brotado de las vacías cuencas.

V.

La Doctora Pruneda me calificó con un perfecto círculo, y habiendo leído con su voz de sargento la nota “CERO”, tan solo pude inclinar mi cabeza en silencio.
Con mi actitud ante aquella calificación, brindé mi última muestra de respeto a los restos mortales que me habían hablado dos días antes, a los que silenciosamente di sepultura, en la noche misma de mi visión, en el traspatio de la iglesia más cercana. Yo era de los que reían al oír a los que hablaban con horror de lo que viene después de la muerte. Ya no me da ninguna risa. ¿Y a usted?

 

-Iván Guzmán Escobar (Autor Original)

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