El mundo perdido

Era una tarde como todas las demás, el joven Edward estaba sentado en una banca del jardín leyendo un libro recopilatorio de Edgar Allan Poe, y bebía una taza de té negro preparado por su tía quien se encontraba de visita en casa; salió a caminar por un momento a lo largo del terreno, saltó el cerco que rodeaba la vieja casa y se dirigió a un no tan lejano bosque; siguió caminando por ese largo terreno, esquivando algunos animales y raíces de algunos árboles que se encontraban por ese camino, y mientras más avanzaba, el ambiente era cada vez más obscuro y tenebroso, hasta llegar al final del camino, donde se encontraba una vieja cabaña donde él solía pasar las tardes de primavera.

Acto seguido, caminó unos cuantos metros hasta llegar a la vieja puerta de madera y con mucha delicadeza abrió la cerradura y entró lentamente mientras encendía una de aquellas viejas lámparas de aceite; la dejó sobre una mesa vieja y escuchó un ruido que venía de uno de los dormitorios de tal casa; pues así, siguió caminando por un pequeño corredor que conectaba todas las habitaciones de la cabaña, y vió que una de las puertas estaba abierta; con mucho cuidado, entró lentamente a la habitación y vió que la ventana de la misma también se encontraba abierta, y logró observar como un gato atigrado no mayor de un par de meses trataba de saltar por la ventana; Edward se acercó a este y lo ayudó a pasar por la ventana, después de ello, cerró la ventana y se sentó sobre un sofá que se encontraba junto a una de las libreras.

Todo parecía tranquilo aquella tarde, Edward se encontraba abrigado y seguro dentro de aquel lugar, leyendo libros de poesía y disfrutando del paisaje que se lograba observar desde aquel lugar donde él se encontraba; ya estaba obscureciendo, se escuchaba a lo lejos a los cazadores regresando a casa, a las aves regresando a sus nidos, y cómo el viento golpeaba cada vez más fuerte los tablones de aquella vieja cabaña; señales suficientes como para saber que debía regresar a casa para cuidar de sus hermanos hasta la llegada de su padre.

Salió tranquilamente de la cabaña y apagó la lampara, dejándola colgada en la rama de un roble; después de ello, empezó a caminar por el bosque para regresar de nuevo a casa…

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